Luego que ABC anunciara que “Jimmy Kimmel Live!” quedará suspendido indefinidamente, ha crecido aún más el debate público sobre la delgada línea entre la libertad de expresión y la instigación al odio. Las palabras del afamado presentador sobre el asesinato del activista conservador Charlie Kirk desencadenó una saga de reacciones políticas y mediáticas sin precedentes.
El presidente de la FCC, Brendan Carr, no ocultó su malestar. Afirmó que Kimmel “parecía engañar directamente al público estadounidense sobre un hecho significativo”, describiendo los comentarios como un intento de manipular uno de los sucesos políticos más graves de los últimos tiempos. Carr fue tajante en diálogo con la cadena de noticias NBC: “Aún no hemos terminado” y advirtió que los cambios en “el ecosistema mediático” seguirán desarrollándose tras la elección de Donald Trump.
El caso explotó luego de que documentos judiciales en Utah detallaran que el acusado, Tyler Robinson, justificó el crimen asegurando que Kirk “difunde demasiado odio”. Un día antes de conocerse esa información, Kimmel había dicho en su monólogo que “la pandilla MAGA está tratando desesperadamente de caracterizar a este chico… como algo más que uno de ellos”. El cruce de narrativas provocó la suspensión inmediata.
La controversia escaló aún más cuando Nexstar Media Group, que controla cerca del 10% de las filiales de ABC y busca aprobación regulatoria para una fusión de $6,200 millones con Tegna, anunció que tampoco emitirá el programa.
Líderes demócratas exigieron la renuncia de Carr por lo que consideran “un abuso corrupto de poder”. Barack Obama también intervino, acusando a la administración de llevar la “cultura de la cancelación” a un nivel “peligroso” mediante coerción gubernamental contra medios críticos.
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