La noche del domingo en Santa Clara no solo coronó a un campeón: también exhibió, en cadena nacional, qué tan caro es captar la atención del país y cuán rápido un espectáculo deportivo puede transformarse en campo de batalla cultural, tecnológico y comercial.
Los Seattle Seahawks se proclamaron campeones del Super Bowl 60 al derrotar 29-13 a los New England Patriots desde el Levi’s Stadium, en casa de los San Francisco 49ers. La transmisión estuvo a cargo de NBC y también se vio en Peacock, una combinación que volvió a encender la “usualmente lucrativa programación de comerciales”. NBC, de hecho, “agotó su inventario publicitario” a un promedio de $8 millones por anuncio de 30 segundos, y hasta 10 espacios se vendieron por más de $10 millones.
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Un campeón con MVP y un récord que se coló en la narrativa
En el juego, el nombre que se impuso fue el del corredor Kenneth Walker III, quien terminó como MVP. Walker “corrió para 135 yardas” en “27 acarreos” durante la victoria 29-13, además de sumar “dos pases para 26 yardas”. Su noche quedó marcada por una rareza estadística: fue “uno de los tres únicos jugadores con múltiples acarreos de más de 25 yardas en un Super Bowl”.
Pero la final también narró un partido donde la defensa fue protagonista y el pateador Jason Myers escribió su propia línea en la historia al establecer “un récord de goles de campo” en el gran juego con cinco conversiones. Del lado de New England, el ataque llegó tarde: un pase tipo “pala” del QB Drake Maye a Rhamondre Stevenson acercó el marcador en el último cuarto, aunque el intento de conversión de 2 puntos falló cuando el envío a Hunter Henry quedó incompleto.
Ese contraste —una definición deportiva clara, con momentos de fuerza defensiva, y un cierre sin milagro— sirvió como telón de fondo perfecto para el otro “partido”: el de la publicidad, el streaming y una conversación pública cada vez más polarizada.
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$8 millones por 30 segundos: streaming, marcas pequeñas y el nuevo mapa del show
El precio de entrada fue, literalmente, de élite. Un comercial tradicional costó en promedio $8 millones por 30 segundos y varios rebasaron los $10 millones. En paralelo, Peacock abrió un carril alterno: los espectadores del feed de streaming “también vieron algunos comerciales específicos de transmisión”, un formato que “gana terreno, particularmente entre las marcas más pequeñas”.
Ese cambio se reflejó en la propia lista de protagonistas. Ken, desde el universo Barbie, “se tomó unas vacaciones” en un anuncio de Expedia que lo mostró viajando por el mundo. Dove volvió a apostar por los deportes femeninos y su narrativa de autoestima, mientras Hellmann’s armó un número musical en restaurante con “Meal Diamond”, parodiando “Sweet Caroline” y sumando a Andy Samberg y Elle Fanning.
Pero la tendencia más reconocible fue otra: el avance agresivo de la inteligencia artificial en la tanda. “Un número sin precedentes de empresas de IA” ocupó el espacio de categorías que antes dominaban otros sectores. A los gigantes se sumaron nombres emergentes, y la competencia se volvió explícita cuando Anthropic apuntó directo a OpenAI con el lema: “Los anuncios llegan a la IA. Pero no a Claude”. La respuesta tampoco fue sutil: Sam Altman calificó la campaña como “divertida” pero “claramente deshonestos”, y remató: “Obviamente, nunca publicaríamos anuncios como los presenta Anthropic”.
La prestigiosa cadena Telemundo hizo una compilación de los comerciales transmitidos durante el Super Bowl 2026:
La otra ausencia notoria vino del mundo automotriz. Aunque por décadas fue el “dueño” de la franja comercial del Super Bowl, este año el sector se replegó: solo General Motors, Toyota Motor y Volkswagen aparecieron, con alrededor de dos minutos en total, un síntoma de ajuste en un negocio presionado por costos y transición tecnológica.
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Mercados de predicción y el choque regulatorio: el juego también se “tradeó”
La novedad más polémica no estuvo en la yarda 1, sino en las pantallas de los teléfonos. “También están ganando terreno este año los mercados de predicciones”: plataformas como Kalshi y Polymarket ofrecieron a usuarios la opción de negociar con resultados de política, cultura pop, noticias y deportes. En la previa, Kalshi incluso listó intercambios sobre “qué marcas se anunciarían durante el juego”, “qué canciones interpretaría” Bad Bunny, y hasta si Seattle o New England sumarían más yardas terrestres.
Ese auge llegó con alarma institucional. Apenas días antes del partido, la fiscal general de New York, Letitia James, advirtió sobre los riesgos de los mercados de predicción no regulados: “Los neoyorquinos deben conocer los importantes riesgos que presentan los mercados de predicción no regulados”. Y fue más allá: “Es evidente: los llamados mercados de predicción no cuentan con las mismas protecciones para el consumidor… Insto a todos los neoyorquinos a ser cautelosos con estas plataformas para proteger su dinero”. Kalshi respondió que sus plataformas están reguladas por la CFTC y sostuvo: “Todos queremos lo mismo: productos seguros, justos y legítimos”.
En esa misma línea de choque cultural y regulatorio, reapareció una campaña que ya venía cargada de controversia: “Él nos entiende”. El grupo evangélico detrás del mensaje atacó “el consumismo y la avaricia” para preguntar: “¿Hay algo más en la vida que más?”, en su cuarto año consecutivo durante el Super Bowl. El spot, señalado en ediciones anteriores por sus lecturas políticas, volvió a dividir opiniones justo “en los momentos finales de la transmisión”.
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Bad Bunny, Trump y el momento más explosivo de la noche
Si hubo un eje de reconocimiento global fue el show de medio tiempo. Bad Bunny, descrito como rapero y cantante puertorriqueño ganador del Grammy, encabezó el espectáculo y cerró con un mensaje explícito de identidad y unidad: caminó de regreso por el escenario “nombrando los países de América Latina, Canadá y los Estados Unidos, ‘y mi tierra natal, Puerto Rico’”. Sostuvo un balón con la frase: “Juntos somos América”, mientras el estadio proyectaba: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
Pero el instante más incendiario llegó fuera del escenario: el presidente Donald Trump atacó el show en Truth Social, calificándolo como “una de las peores de la historia”. Trump dijo que el baile fue “repugnante” y que el espectáculo “no tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”. En la misma publicación, también criticó la nueva regla de inicio de la NFL y se atribuyó el buen momento del mercado durante su segunda presidencia.
La tensión no se limitó al entretenimiento. Hims & Hers volvió a tocar una fibra sensible con su mensaje sobre desigualdad, insistiendo en un diagnóstico incómodo: “Los ricos viven más”. La empresa defendió su postura en una declaración: “La campaña se centra en la incómoda verdad de que la atención médica de Estados Unidos es una historia de dos sistemas: uno de élite y proactivo para los ricos, y otro defectuoso y reactivo para todos los demás”.
Al final, el Super Bowl 60 dejó una postal que va más allá del marcador: en la misma noche en que un campeón se consagró con autoridad, la conversación pública quedó dominada por el precio de la atención, la expansión de la IA, el auge de los mercados de predicción y un show de medio tiempo capaz de unir —y provocar— a la vez. Y si algo quedó claro, es que el próximo gran juego ya no se jugará solo en el campo.
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