En América Latina y el Caribe, la transición de la educación al empleo es uno de los grandes desafíos pendientes para el desarrollo económico y social. Hoy, más de 29 millones de jóvenes se encuentran desempleados o subempleados, con tasas que superan el 10%; mientras que, del otro lado, las empresas dicen no encontrar los perfiles que buscan.
Más que una falta de vacantes existe un desajuste entre cómo se forman los jóvenes y las habilidades que el mercado laboral demanda.
Esta brecha empieza mucho antes del primer currículum. Durante décadas, los sistemas educativos priorizaron contenidos que no se conectaban del todo con la vida real, dejando poco espacio para experimentar, crear y resolver problemas concretos. El resultado es una generación que egresa con conocimientos formales, con limitadas oportunidades de experiencia práctica, sin referencias claras sobre cómo funciona el mundo del trabajo y sin instancias tempranas para equivocarse y aprender. La falta de experiencia no es una falla individual: es una consecuencia de cómo están diseñados muchos recorridos formativos.
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El estudio Talento joven y empresas: oportunidades y desafíos 2024, que realizamos junto a ManpowerGroup, muestra que 9 de cada 10 jóvenes han tenido dificultades para encontrar trabajo, y que el 63% identifica la falta de experiencia como el principal obstáculo al postularse. Esta brecha se repite de forma consistente en todos los países de la región.
Desde la perspectiva empresarial, el diagnóstico es claro. La carencia de habilidades socioemocionales, sumada a la falta de experiencia práctica, plantea desafíos para la incorporación de talento joven. Y el recorrido no termina con la contratación: 6 de cada 10 empresas afirman que retener jóvenes es más complejo que atraerlos. La transición al trabajo sigue siendo frágil porque muchos jóvenes llegan sin haber tenido contacto real con dinámicas laborales, toma de decisiones o resolución de problemas en contextos concretos.
Sin embargo, este escenario no es irreversible. Por eso, la conversación ya no puede limitarse al acceso al empleo. La pregunta central es qué habilidades necesitan los jóvenes para sostenerse y crecer en el trabajo. Comunicación efectiva, trabajo en equipo, adaptabilidad y resolución de problemas son condiciones mínimas. A ellas se suman competencias cada vez más relevantes: mentalidad emprendedora, comprensión del impacto de la inteligencia artificial, sostenibilidad como criterio transversal, propósito personal y capacidad de anticipar los cambios del futuro del trabajo.
Estas habilidades no se desarrollan únicamente de manera teórica. Requieren práctica, exposición y experiencia. Aprender haciendo, enfrentar desafíos reales, trabajar en proyectos y asumir responsabilidades concretas es lo que permite construir confianza, resiliencia y autonomía. La experiencia temprana potencia el aprendizaje y lo vuelve más significativo y sostenible.
Revertir este escenario requiere un cambio de enfoque. La experiencia no puede seguir siendo solo una exigencia posterior a la educación, sino una parte integrada del proceso formativo. Incorporar aprendizaje práctico, contacto temprano con el sector productivo y desarrollo de habilidades socioemocionales, es una de las formas más efectivas de reducir la brecha entre educación y empleo. Cuando estas dimensiones se articulan a tiempo, la transición al trabajo deja de ser un obstáculo y se convierte en un recorrido posible y acompañado.
La brecha también se manifiesta en los canales de vinculación. Mientras el 84% de los jóvenes utiliza redes sociales para buscar empleo, solo el 22% de las empresas las emplea para atraer talento. Esta distancia no es tecnológica, sino cultural. Refleja lenguajes, expectativas y formas de relación que aún no logran encontrarse, y que pueden reforzar la desconexión entre jóvenes y mundo laboral incluso antes del primer empleo formal.
Frente a este escenario, cada vez más experiencias educativas muestran resultados alentadores cuando el aprendizaje combina práctica, contacto con el sector productivo y acompañamiento profesional. Espacios donde los jóvenes pueden probar, equivocarse, recibir mentoría y trabajar sobre desafíos reales, transforman la experiencia, en una oportunidad concreta.
En ese marco se inscribe NAUFest, una experiencia regional de Junior Achievement Américas diseñada para abordar este desafío desde una mirada integral. En su edición 2025, reunió a más de 24.000 jóvenes de manera presencial en 11 países y generó más de 3 millones de experiencias educativas en línea, a través de desafíos de innovación, mentorías, espacios de conexión con empresas líderes de la región y contenidos vinculados al emprendimiento, la inteligencia artificial, la sostenibilidad, el propósito personal y el futuro del trabajo.
NAUFest no es un evento aislado. Funciona como una plataforma donde los jóvenes desarrollan habilidades relevantes, adquieren experiencia temprana y comienzan a construir su propio recorrido hacia el empleo y el emprendimiento. La experiencia se convierte en práctica real, permitiendo que los jóvenes conecten lo que aprenden con lo que hacen y con el futuro que imaginan.
La evidencia es clara y alentadora. Cuando los jóvenes acceden a experiencias que integran competencias técnicas, habilidades humanas y contacto real con el mundo del trabajo, la transición deja de ser un salto al vacío. Invertir en experiencia temprana no solo amplía oportunidades individuales: fortalece el tejido productivo de toda la región.
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Preparar a los jóvenes para el trabajo no es una opción. Es una condición clave para el desarrollo sostenible de América Latina y el Caribe.
¿Y si el contacto temprano con el mundo laboral fuera el primer paso para abrir más oportunidades y trayectorias posibles para los jóvenes?
Por: Noël Zemborain, Presidenta de Junior Achievement Américas








