El número de estadounidenses con patrimonios superiores a $30 millones de dólares asciende a unos 430,000 hogares, de los cuales cerca de 74,000 superan los $100 millones. Este crecimiento ha superado ampliamente el ritmo de la población general y está reconfigurando patrones de consumo, inversión y actividad económica en el país.
El fenómeno responde principalmente al fuerte incremento en los activos financieros. En los últimos 50 años, la riqueza del 0.1% más rico se ha multiplicado por más de 13 en términos reales. En 2024, pertenecer a este grupo implica contar con al menos 43 millones de dólares en patrimonio.
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Esta nueva élite económica no está compuesta únicamente por figuras tecnológicas o financieras de las grandes costas. Una parte relevante proviene de propietarios de empresas medianas —como concesionarios, negocios industriales o firmas privadas— que han visto dispararse sus valuaciones en las últimas décadas.
El contraste con la mitad más pobre de la población sigue siendo marcado. Aunque este segmento logró recuperar terreno tras la pandemia —impulsado por estímulos fiscales y el aumento en el valor de la vivienda—, su capacidad de acumulación de riqueza continúa siendo limitada frente al ritmo de crecimiento de los más ricos.
La composición de los activos explica gran parte de esta divergencia. Para el 0.1% más acaudalado, cerca del 72% de su patrimonio está invertido en acciones, fondos y participaciones en empresas privadas. El S&P 500 se ha más que triplicado en la última década, mientras que las valoraciones en el sector privado también han aumentado con fuerza.
En contraste, la mayoría de los hogares depende principalmente de la vivienda como fuente de riqueza, un activo que crece de forma más moderada y con menor liquidez.
Además, el factor generacional es clave. Los baby boomers concentran aproximadamente dos tercios de los hogares con más de 30 millones de dólares, beneficiándose de décadas de apreciación en activos adquiridos en etapas tempranas.
Este aumento de riqueza está teniendo efectos visibles en la economía real. Empresas de lujo como Hermès, Ferrari o Brunello Cucinelli reportan una demanda sólida, mientras sectores orientados a consumidores de menores ingresos enfrentan una desaceleración. También se observa un crecimiento en servicios exclusivos como la aviación privada fraccionada y el mercado inmobiliario de alto nivel.
Para muchos pequeños empresarios e inversionistas —incluidos los hispanos en EE.UU.— este cambio tiene implicaciones directas. Por un lado, refleja cómo la exposición a activos financieros y negocios propios puede acelerar la acumulación de capital. Por otro, también evidencia una economía cada vez más segmentada, donde el dinamismo del consumo se concentra en los niveles más altos de ingresos.
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