Los contribuyentes adinerados en Estados Unidos han encontrado en los Fondos de Donaciones Asesoradas (DAF, por sus siglas en inglés) la herramienta definitiva para blindar su capital frente a los recientes cambios legislativos. Esta tendencia, que se disparó a finales de 2025, responde a las nuevas normativas que limitan las desgravaciones para quienes detallan deducciones y establecen un umbral mínimo del 0.5% del ingreso bruto ajustado para que las donaciones sean deducibles. Ante este escenario, el uso de DAF permite a los inversores “agrupar” contribuciones de varios años en uno solo, maximizando el beneficio fiscal inmediato.
La mecánica de un DAF es técnicamente eficiente: el donante transfiere activos revalorizados, como acciones con grandes plusvalías, evitando el impuesto sobre las ganancias de capital y obteniendo una deducción instantánea. El capital puede invertirse libre de impuestos dentro del fondo y distribuirse a organizaciones benéficas en el futuro. Proveedores como Vanguard Charitable y Civic Financial han reportado un crecimiento de hasta el 123% en la apertura de estas cuentas, reflejando una migración masiva de capital hacia estructuras de planificación filantrópica más sofisticadas.
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¿Cómo funciona esta estrategia?
Para comprender los DAF de manera sencilla, imagine que funcionan como una “cuenta de ahorros inteligente” dedicada exclusivamente a la caridad. El proceso tiene tres pasos básicos: primero, usted deposita dinero o acciones en el fondo y recibe de inmediato el 100% de los beneficios fiscales, como si ya hubiera entregado el dinero a la iglesia o a una fundación. Segundo, mientras el dinero permanece en esa cuenta, se invierte para que crezca libre de impuestos, aumentando el monto disponible. Finalmente, usted decide con calma a qué organizaciones enviar los donativos y en qué momento, sin la presión de las fechas de cierre del año fiscal.
Esta estructura permite a las familias planificar sus finanzas con antelación, especialmente en años con ingresos excepcionalmente altos. Al colocar una suma importante en un DAF hoy, aseguran los fondos para sus causas preferidas durante los próximos cinco o diez años, independientemente de si su situación económica cambia o si las leyes tributarias se vuelven más estrictas. En esencia, el DAF permite separar el beneficio fiscal (que se obtiene al depositar) del acto de entregar el regalo (que ocurre cuando el fondo envía el cheque a la entidad benéfica), otorgando un control total sobre el tiempo y el impacto de la donación.
En términos directos, lo que el millonario gana con esta estrategia es el control total sobre su liquidez y sus impuestos. Al mover su capital a un DAF, “congela” su beneficio fiscal hoy —evitando pagar hasta un 20% de impuestos por las ganancias de sus acciones y deduciendo el máximo permitido por la ley—, pero sin la obligación de entregar el dinero a la caridad de inmediato. Esto le permite reducir drásticamente lo que debe al fisco en sus años de mayores ingresos, mientras mantiene una reserva de capital que crece libre de impuestos para ser distribuida a su propio ritmo en el futuro.
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Debate sobre la falta de requisitos de desembolso anual
A diferencia de las fundaciones privadas, que deben donar obligatoriamente el 5% de sus activos cada año, los DAF no tienen una exigencia federal de distribución mínima. Esta característica ha generado críticas entre quienes argumentan que el dinero puede permanecer invertido indefinidamente, beneficiando principalmente a los gestores que cobran comisiones de hasta el 1%.
No obstante, defensores del sistema señalan que aproximadamente el 25% de los activos totales de los DAF se desembolsan anualmente, superando con creces el mínimo legal de las fundaciones tradicionales.
El éxito de los DAF en 2026 subraya un cambio de paradigma en la filantropía estadounidense, donde la eficiencia fiscal es el motor que impulsa la generosidad planificada. Con más de 3.5 millones de cuentas activas y activos que superan los $326 mil millones, estos vehículos se han consolidado como el refugio preferido ante la volatilidad de la normativa tributaria.
La clave para los donantes actuales radica en aprovechar al máximo las ventajas presentes para asegurar un impacto futuro, transformando una obligación fiscal en una inversión social estratégica.
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