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La muerte de Dick Cheney, figura central en la política estadounidense y uno de los vicepresidentes más influyentes y controvertidos de la historia moderna, deja una huella imborrable en la era posterior al 11 de septiembre. Su nombre quedó asociado a las decisiones más duras en la llamada “guerra contra el terror” y a la invasión de Irak, dos capítulos que redefinieron la política exterior de Estados Unidos.

El arquitecto de la guerra y la seguridad sin límites

Cheney falleció a los 84 años, rodeado de su familia, tras sufrir complicaciones derivadas de una neumonía y una enfermedad cardiovascular. Durante sus años como vicepresidente de George W. Bush, entre 2001 y 2009, encarnó la determinación de hacer “todo lo necesario” para evitar otro atentado en suelo estadounidense. Su papel fue tan decisivo que muchos analistas lo describieron como “el vicepresidente más poderoso en la historia de Estados Unidos”.

El ataque del 11-S le dio el marco perfecto para aplicar su visión de un poder ejecutivo fuerte. Desde un búnker en la Casa Blanca, Cheney coordinó la primera respuesta del gobierno y autorizó medidas de seguridad extremas. “Pasaremos tiempo en las sombras del mundo de la inteligencia… Gran parte de lo que hay que hacer aquí tendrá que hacerse discretamente”, declaró en la NBC días después de los atentados.

Junto a su asesor David Addington, impulsó la vigilancia masiva y el uso de técnicas de interrogatorio consideradas tortura, como el “waterboarding”. “Cheney le dio libertad a Bush para luchar en la guerra contra el terror como mejor le pareciera”, escribió el periodista Barton Gellman, autor de Angler.

La sombra de Irak y el peso de la historia

Convencido de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva, Cheney fue uno de los principales promotores de la invasión de Irak en 2003. “No cabe duda de que Saddam Hussein posee armas de destrucción masiva”, aseguró en un discurso meses antes del ataque. Cuando esas pruebas nunca aparecieron, su reputación sufrió un golpe del que nunca se recuperó.

Lejos de admitir errores, declaró en 2005 que la insurgencia en Irak estaba “en la recta final”. Su inquebrantable convicción lo convirtió en un símbolo de la línea dura del Partido Republicano y en blanco de críticas internacionales.

Su legado también se entrelaza con el de su hija Liz Cheney, excongresista por Wyoming, quien rompió filas con su partido al apoyar el juicio político contra Donald Trump. Cheney la respaldó públicamente: “Nunca ha habido un individuo que represente una mayor amenaza para nuestra república que Donald Trump”, afirmó en 2022.

La vida de Cheney, marcada por el poder, la controversia y los dilemas morales de la guerra, se cierra con un legado complejo: el de un hombre que llevó la presidencia más allá de sus límites tradicionales en nombre de la seguridad nacional, dejando a su paso una profunda reflexión sobre el costo del poder en tiempos de miedo.

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