En un momento en que la relación entre tecnología y bienestar genera cada vez más inquietudes, nuevas revelaciones han despertado dudas sobre cómo las grandes plataformas manejan la información que producen. Entre acusaciones cruzadas y estudios internos poco conocidos, el debate sobre la salud mental y las redes sociales vuelve a intensificarse.
Un documento judicial recientemente publicado indica que Meta habría detenido una investigación interna que mostraba mejoras emocionales entre usuarios que dejaron de usar Facebook e Instagram por un tiempo. El estudio, llamado Proyecto Mercury, comenzó a finales de 2019 con el objetivo de “explorar el impacto que nuestras aplicaciones tienen en la polarización, el consumo de noticias, el bienestar y las interacciones sociales diarias”, según consta en la demanda presentada en un tribunal federal de California.
De acuerdo con ese escrito, las pruebas preliminares revelaron que quienes suspendieron su uso de Facebook “durante una semana reportaron menores sentimientos de depresión, ansiedad, soledad y comparación social”. Los demandantes aseguran que, al ver esos resultados, la compañía decidió no continuar con el proyecto ni publicar sus conclusiones. También alegan que Meta ocultó esta información y que incluso habría dado declaraciones engañosas al Congreso.
El caso forma parte de un amplio litigio que involucra a distritos escolares, padres y fiscales generales contra Meta, YouTube, Snap y TikTok. Acusan a estas empresas de conocer los posibles daños que sus plataformas podrían causar en la salud mental de menores y jóvenes sin tomar medidas suficientes.
Meta rechaza estas acusaciones. “Estamos totalmente en desacuerdo con estas acusaciones…”, afirmó su portavoz Andy Stone, quien sostuvo que la compañía ha trabajado durante años para mejorar la seguridad y la experiencia de los adolescentes. También calificó el estudio de 2019 como defectuoso y señaló que sus resultados no demuestran un efecto real del uso de Facebook. Google, por su parte, aseguró que las acusaciones “malinterpretan fundamentalmente cómo funciona YouTube”.
Lo ocurrido impulsa nuevamente la discusión sobre qué tanto saben las plataformas acerca de sus efectos en los usuarios y qué responsabilidad tienen al manejar información que podría cambiar decisiones públicas y personales.
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