A medida que la última edición de Miss Universo avanzaba hacia su desenlace, quedó claro que el brillo del certamen ya no logra encubrir las tensiones internas que lo atraviesan. Lo que tradicionalmente se presentaba como una celebración internacional de belleza y talento terminó convertido en un campo de controversias que volvió a poner en duda la legitimidad del concurso y su futuro cultural.
Acusaciones que ponen en jaque la credibilidad
El estallido mediático comenzó cuando Omar Harfouch, exjuez del certamen, renunció días antes de la final y denunció una serie de irregularidades. Entre ellas, afirmó que 30 finalistas habrían sido seleccionadas mediante una “votación secreta” hecha por un “jurado improvisado”, acusación que la Organización Miss Universo negó de inmediato. Harfouch también sostuvo que el triunfo de Fátima Bosch, representante de México, estaba pactado desde el inicio debido a supuestos vínculos comerciales entre el copropietario del concurso, Raúl Rocha Cantú, y el padre de Bosch.
Ni la organización ni la defensa de Rocha Cantú respondieron a medios de comunicación sobre estas acusaciones, pero el empresario sí apareció en redes sociales para arremeter contra Harfouch, calificándolo como un “oportunista” que actúa para “ganar seguidores”. La polémica creció aún más cuando la Procuraduría General de la República informó que Rocha Cantú está bajo investigación por presuntos vínculos con una red criminal dedicada al narcotráfico y tráfico de armas.
El impacto no tardó en alcanzar a las concursantes. Olivia Yacé, considerada por muchos como la favorita del público, anunció su renuncia al título de Miss Universo África y Oceanía afirmando que deseaba “mantenerse fiel” a sus valores. La situación alimentó percepciones de favoritismo, especialmente después de que Rocha Cantú insinuara que la validez de pasaportes y los tiempos de visa también influían en las decisiones del jurado.
Un certamen con historial de polémicas
Los escándalos no son un fenómeno nuevo para Miss Universo. En los últimos años, los concursos nacionales asociados han enfrentado casos de acoso sexual (Indonesia), xenofobia (Sudáfrica) y reglas discriminatorias (Francia). En EE.UU., Miss USA 2023 renunció con un mensaje cifrado que incluía “Me silencian”, mientras que Miss Teen USA también abandonó su título días después.
Según la socióloga Hilary Levey Friedman, autora de Here She Is, estas controversias se repiten porque “estos certámenes siempre han tenido un fuerte pasado comercial y una tradición de hombres como propietarios y mujeres compitiendo”. La expropiedad de Donald Trump entre 1996 y 2015 reforzó la percepción del concurso como un negocio más que como una institución cultural.
Un modelo que lucha por mantener relevancia
La edición de 2025 ni siquiera fue televisada en inglés en EE.UU., un signo claro de pérdida de interés. Aunque el certamen intenta modernizarse —incluyendo la participación de mujeres mayores de 28 años, madres o casadas— muchos consideran que llega “décadas tarde”. Mientras Miss Mundo y Miss América eliminaron el desfile en bikini, Miss Universo lo mantiene, generando críticas sobre un formato que parece anclado en otra época.
Aun así, la plataforma sigue siendo valorada en países como Filipinas, donde las reinas de belleza alcanzan estatus nacional. También ofrece oportunidades económicas reales: Ahtisa Manalo aseguró haber financiado sus estudios universitarios gracias a premios de concursos.
El futuro de Miss Universo dependerá de su capacidad de adaptarse con transparencia y respeto hacia las participantes. En una era digital, el certamen ya no puede apoyarse únicamente en coronas y luces, sino en recuperar la confianza de una audiencia que exige veracidad y responsabilidad.
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