Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca en 2025 con el propósito de consolidar una reconfiguración ideológica de Estados Unidos. A diferencia de su primer mandato, esta vez su estrategia parece más metódica y calculada.
El gran juego de ajedrez
El gobierno actual en EE. UU. se articula sobre una serie de bastiones ideológicos que Trump ha sabido utilizar como piezas de un tablero de ajedrez político: el control migratorio, la defensa del cristianismo y los valores familiares, la oposición al progresismo “woke”, el nacionalismo económico, la promesa de medicamentos más baratos, la guerra contra las drogas, la protección del trabajador estadounidense y la reducción de las tasas de interés.
Trump no ve estos puntos como simples eslóganes, sino como herramientas de equilibrio y ataque frente a cada desafío político o mediático. Su narrativa combina el discurso de protección nacional con un pragmatismo de poder donde cada bastión puede ser activado según la oportunidad.
Frente a corporaciones de entretenimiento como Netflix o Disney, cuyo contenido se asocia al progresismo liberal, Trump podría activar su frente “anti-woke” y anti-LGBTQ+ como instrumento de presión cultural y legislativa.
Ante las tensiones en Medio Oriente, reforzaría su alianza simbólica con Israel mediante el bastión del cristianismo político y la noción de una “defensa de Occidente”. Una estrategia adaptable que, al mismo tiempo, mantiene a su base ideológica cohesionada.
El control del precio de los medicamentos es uno de los logros más mediáticos que se esperan para 2026 y que inició con fuerza en 2025. La Casa Blanca ha venido presionando activamente a las farmacéuticas, abriendo la puerta a la importación controlada de genéricos y negociando directamente con estados y aseguradoras. Este movimiento no solo busca aliviar la presión económica sobre el votante promedio, sino también presentarse como una victoria nacional frente a las élites corporativas.
En el plano migratorio, Trump redobla su mensaje de “inmigración cero ilegal”. Las nuevas directrices de la Agencia de Control de Fronteras amplían la tecnología de vigilancia y promueven acuerdos con México y países de América Central bajo una lógica de “corresponsabilidad hemisférica”, que de facto traslada parte del control fronterizo fuera del territorio estadounidense. Este endurecimiento se combina con el uso mediático del tema, reforzando la imagen de un presidente protector del orden interno.
Simultáneamente, su administración ha arremetido contra medios de tendencia progresista, acusándolos de manipular el discurso público. Varios analistas especulan que CNN o incluso MSNBC podrían sufrir un declive estructural debido a presiones políticas, reducción de publicidad y la migración del público hacia plataformas alternativas más alineadas con la derecha conservadora. La llamada “revolución mediática trumpista” podría así consolidarse, derivando en un ecosistema informativo más polarizado que nunca.
Paradójicamente la misma polarización progresista que se consolidó con las redes sociales, ha sido utilizada a su favor por Trump ya que es un showman con bastante experiencia en ese ámbito.
Política exterior: nacionalismo económico
Trump mantiene su promesa de repoblar de fábricas el cinturón industrial del Medio Oeste mediante nuevos incentivos fiscales y restricciones a la inversión china. Esta política de “Estados Unidos primero” no se plantea como aislacionismo, sino como una forma de renegociar la globalización bajo sus propios términos. Su objetivo declarado: reducir el déficit comercial y fortalecer el dólar como eje de poder financiero mundial, lo que también presiona a la Reserva Federal hacia tasas de interés más bajas para estimular el consumo interno.
A nivel geopolítico, es probable que uno de los grandes acontecimientos de 2026 sea el fin de una guerra prolongada —posiblemente el conflicto ucraniano-ruso—, con Trump mediando para obtener rédito diplomático. Su narrativa podría presentar este desenlace como una “victoria de la diplomacia estadounidense” y una muestra de su liderazgo pragmático frente al “fracaso demócrata” en política exterior.
En América Latina, Trump sin duda seguirá fortaleciendo su influencia para debilitar regímenes de izquierda. Un escenario posible sería la intensificación de medidas que conduzcan al colapso político de Venezuela, impulsando internamente una “transición democrática” bajo supervisión estadounidense.
La presión mediática y política contra el gobierno colombiano, actualmente de inclinación progresista, podría aumentar a través de sanciones económicas o apoyo a opositores. Estos movimientos responderían tanto a la lógica de la Guerra Fría cultural como al intento de reconstruir el liderazgo hemisférico estadounidense.
El humo blanco de Trump en 2026
En conclusión 2026 podría cerrar con grandes victorias para el gobierno Trump:
- Medicamentos baratos en EE. UU.
- Cero migración ilegal
- Reducción del ingreso de fentanilo
- Nueva Presidencia de la FED acatando órdenes presidenciales
- Fin de al menos dos medios con línea editorial contraria al pensamiento MAGA
- Caída del régimen actual iraní
- Caída del régimen de Nicolás Maduro
- Intervención electoral en Latinoamérica: Ningún -nuevo- gobierno de izquierda ganará elecciones democráticas este año y si lo hace no finalizará su mandato.
- Implementación de políticas efectivas orientadas a fomentar la natalidad en los EE. UU.
- Desclasificación explosiva que empezará a derrumbar la imagen del partido demócrata y la corriente progresista.
- Nuevas cruzadas bélicas extranjeras contra grupos anticristianos.
El partido demócrata no se quedará de brazos cruzados y podría exponer nuevas alianzas económicas con tinte de “beneficio personal” para Trump y su familia, además de señalamientos al inevitable y natural deterioro de la salud del presidente.
El pragmatismo autoritario del segundo Trump
El Trump de 2026 no será idéntico al de su primer mandato. Más experimentado y consciente del poder institucional, maneja con precisión los resortes simbólicos y narrativos de su base. Su estrategia se sostiene en una combinación de ideología y oportunismo, donde cada bastión —sea la religión, el nacionalismo o la economía— se utiliza como moneda de cambio para conservar control político y cultural.
Si logra mostrar resultados económicos rápidos y mantener su narrativa de victoria frente al “enemigo progresista”, su administración podría consolidar una de las eras más influyentes del conservadurismo moderno. Pero también corre el riesgo de profundizar la fractura cultural en una nación que hoy vive entre la necesidad de estabilidad y la polarización permanente.
Trump parece dispuesto a gobernar no solo como presidente, sino como símbolo. En 2026, Estados Unidos podría ser el epicentro de una nueva definición de poder: menos diplomático, más ideológico, y ferozmente personalista.
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