A medio día del 5 de enero, el Departamento de Estado de EE. UU. ha realizado un inquietante post:

Acompañado del texto “Este es NUESTRO hemisferio y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad se vea amenazada.”
La nueva estrategia de seguridad de Estados Unidos coloca al hemisferio occidental en el centro de la competencia global, con el objetivo explícito de frenar el avance de China y, en menor medida, de Rusia en América Latina. El documento de Seguridad Nacional de 2025 habla de “restaurar la preeminencia estadounidense” en la región y de mantenerla “libre de incursiones extranjeras” en activos estratégicos, como puertos, infraestructura energética y rutas comerciales.
Según análisis de centros como Brookings y el Council on Foreign Relations, tanto el primer gobierno de Biden como el actual de Trump coinciden en ver a China como “competidor estratégico” y a Rusia como amenaza aguda, pero el segundo mandato de Trump da un giro: reduce la atención a Europa y concentra recursos políticos y económicos en el hemisferio occidental. La prioridad ya no es solo contener, sino desplazar a actores extrahemisféricos que han ganado terreno con créditos, inversiones e infraestructura.
Washington también busca que sus socios “asuman mayor responsabilidad” en la seguridad regional, pero bajo un marco donde Estados Unidos conserve la llave de los recursos críticos, desde hidrocarburos hasta minerales estratégicos.
En este contexto, analistas hablan de una actualización de la vieja lógica hemisférica: una especie de “Doctrina Monroe 2.0” o “corolario Trump”, que combina presencia militar selectiva, presión económica y apoyo a gobiernos afines. La meta es clara: cerrar el espacio que China y Rusia ganaron en las últimas dos décadas y reposicionar a Estados Unidos como socio indispensable de América Latina, no solo en seguridad, sino también en infraestructura, energía y comercio.








