Las palabras pronunciadas desde Washington no solo marcaron una nueva etapa en la relación bilateral, sino que delinearon un marco operativo que combina poder militar, control energético y coordinación política. En distintos mensajes y declaraciones públicas, el presidente de Estados Unidos fue revelando piezas de una estrategia que, según su propio relato, ya está en marcha y no tendrá un horizonte temporal definido.
Donald Trump informó este viernes 9 de enero que Caracas cooperó con Washington para incautar un petrolero que había salido de Venezuela sin autorización estadounidense. “Hoy, Estados Unidos, en coordinación con las Autoridades Provisionales de Venezuela, incautó un petrolero que partió de Venezuela sin nuestra aprobación”, escribió en Truth Social. Aclaró que “este petrolero regresa a Venezuela, y el petróleo se venderá a través del gran acuerdo energético que hemos creado”, un mecanismo que, dijo, gestionarán ambas partes bajo supervisión directa de EE.UU.
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Incautaciones navales y advertencias internacionales
El operativo fue confirmado por el Comando Sur de EE.UU. (SOUTHCOM), que identificó al buque como el petrolero Olina y afirmó que la acción envía “una señal clara”: “No hay refugio seguro para los delincuentes”. No se trata de un hecho aislado. En días previos, la Armada estadounidense detuvo el petrolero Marinera, de bandera rusa, y posteriormente el M/T Sophia, descrito por SOUTHCOM como “un buque cisterna sin bandera y sancionado que formaba parte de la flota oscura”.
Estas acciones generaron reacciones internacionales. La Cancillería rusa advirtió que el incidente con el Marinera podría elevar la tensión militar y política, además de reducir el “umbral de uso de la fuerza contra la navegación pacífica”. Washington, sin embargo, mantuvo la línea de que los abordajes responden a violaciones de sanciones y a actividades ilícitas en el Caribe.
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Trump, Caracas y el “gran acuerdo energético”
Desde la Casa Blanca, Trump insistió en que la relación con las autoridades venezolanas es funcional. “Nos llevamos extremadamente bien con el pueblo venezolano… y con la gente que dirige Venezuela”, afirmó, en referencia al Gobierno encabezado por la presidenta encargada Delcy Rodríguez que representa al régimen dictatorial chavista. No obstante, dejó claro que el control real de la industria petrolera estará en manos de Washington.
El mandatario reveló que “salieron de Venezuela rumbo a EE.UU. unos 30 millones de barriles de petróleo”, con un valor aproximado de “$4,000 millones”. Durante una reunión con ejecutivos petroleros, exclamó: “¿Es un número correcto? ¡Treinta millones de barriles!”, y añadió que el crudo “está camino a EE.UU. justo en este momento”. También aseguró que Venezuela “ha acordado” que Estados Unidos “comenzará de inmediato a refinar y vender hasta 50 millones de barriles de crudo venezolano”, un proceso que, dijo, “continuará indefinidamente”.
Trump fue explícito al advertir a las empresas energéticas: “Tratarán directamente con nosotros, no tratarán con Venezuela. No queremos que traten con Venezuela”. Según su versión, el objetivo es centralizar las decisiones comerciales y evitar negociaciones directas con Caracas.
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Justificaciones, beneficios y visión a largo plazo
El presidente estadounidense volvió a justificar la ofensiva contra Venezuela con argumentos históricos. “Nos robaron nuestros bienes… Nos robaron, y lo hicieron los socialistas y comunistas de entonces”, sostuvo, añadiendo que ahora están “haciendo todo lo posible” para recuperarlos y que están poniendo “el 500%” de esfuerzo en ese objetivo. En paralelo, destacó que el petróleo venezolano es “muy buen petróleo, gran petróleo” y “fantástico” para usos industriales como el asfalto.
Desde el Ejecutivo estadounidense, el vicepresidente J.D. Vance celebró la estrategia y afirmó que permitirá que su país controle “una de las mayores reservas energéticas del mundo”, haciéndolo “más rico y poderoso”.
El mensaje que emerge de las declaraciones presidenciales es inequívoco: el petróleo venezolano se ha convertido en el eje de una política que mezcla cooperación condicionada, presión militar y control económico. Más allá de los buques incautados y los cargamentos en tránsito, la Casa Blanca deja claro que la relación con Venezuela estará definida por reglas impuestas desde Washington y por un esquema energético diseñado para consolidar influencia y beneficios estratégicos en el largo plazo.
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