En una era donde la conexión parece eterna, millones de personas viven atrapadas en una rutina que no cuestionan. Revisar el teléfono apenas abrir los ojos, desplazarse sin rumbo por redes sociales y dejar que el tiempo se diluya en una pantalla se ha vuelto un hábito tan cotidiano como respirar. Lo inquietante es que, para muchos, este ciclo ya no es una elección.
Expertos advierten que el diseño de las plataformas no es casual. “Cada notificación, cada actualización de contenido está pensada para mantenerte dentro el mayor tiempo posible”, explican investigadores en comportamiento digital. No se trata solo de entretenimiento: el cerebro recibe microdosis de dopamina, similares a las generadas por otras adicciones.
Estudios recientes revelan que esta dependencia afecta la capacidad de concentración, el sueño e incluso las relaciones personales. “El problema no es la tecnología, sino la forma en que la usamos”, señalan. La constante necesidad de estímulos rápidos está entrenando a la mente para evitar el silencio y la introspección.
Casos documentados muestran que, en promedio, un adulto revisa su teléfono más de 150 veces al día. “Estamos cediendo nuestro tiempo y atención a empresas cuyo objetivo es monetizar cada segundo que pasamos conectados”, afirman analistas del sector.
Frente a este panorama, especialistas recomiendan establecer límites claros y recuperar espacios libres de pantallas. Porque si no se toma conciencia, esta adicción silenciosa seguirá moldeando la manera en que pensamos, trabajamos y vivimos.
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