En una época en la que la visibilidad pública parece inevitable, un sector de la población ha decidido alejarse por completo del ruido. En ciudades como Miami, Dubái y París, quienes poseen fortunas extraordinarias han construido un universo paralelo en el que el tiempo, la privacidad y la comodidad se compran sin límites.
Los desarrolladores inmobiliarios Masoud y Stephanie Shojaee son un ejemplo palpable de este estilo de vida. En Miami Beach, al llegar al área exclusiva para miembros del restaurante MILA, encuentran sus cócteles preferidos ya preparados y palillos grabados con sus nombres. En Dubái, pasaron de su jet Bombardier Global a un auto Maybach que los llevó directamente a una entrada privada donde un empleado los acompañó sin pasar por el vestíbulo. “Para mí, el lujo en esta era se define como ahorro de tiempo, eficiencia y servicio”, explicó Masoud, de 65 años y director ejecutivo de Shoma Group al Wall Street Journal.
Ese grado de exclusividad es parte de un ecosistema que crece mientras aumenta la riqueza del 0.1% más adinerado, cuyo patrimonio combinado alcanzó $23.3 billones, muy por encima de los $10.7 billones de hace una década. En contraste, el 50% más pobre posee apenas $4.2 billones, según la Reserva Federal de St. Louis.
Miami, convertida en enclave de millonarios tras la pandemia, exhibe este fenómeno con proyectos como Bentley Residences, donde un elevador lleva los autos directamente a “garajes aéreos” privados. Las unidades, desde $6 millones, incluyen piscina propia y espacios diseñados para evitar que los residentes se vean entre sí. “El máximo lujo es la privacidad”, aseguró el desarrollador Gil Dezer.
El aislamiento también se traslada al bienestar. El centro holístico Centner Wellness en Miami, ha sido alquilado por familias por $150,000 durante varios días para tratamientos tan exclusivos como rejuvenecimiento celular o limpieza de sangre. En Faena Rose, un club social en la misma ciudad, solo por invitación, la membresía cuesta $15,000 de ingreso y otros $15,000 al año. Para muchos, ese “nivel de acceso” es irresistible, como afirmó su presidente, Pablo De Ritis.
Los viajes también siguen esta lógica. Algunas experiencias incluyen islas privadas, chefs con estrellas Michelin, helicópteros y suites secretas sobre boutiques como Dior. “Nos interesa ese acceso exclusivo, cosas que otras personas no pueden conseguir”, dijo la planificadora de viajes Lauren Beall. “Pero eso tiene un precio muy alto”.
El auge de estos servicios confirma que, para quienes pueden pagarlo, el verdadero lujo ya no está en lo ostentoso, sino en la capacidad de desaparecer del mundo común mientras todo a su alrededor se adapta a sus deseos.
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