En un contexto marcado por la fragilidad del alto el fuego en Medio Oriente y la presión internacional por avanzar hacia una etapa de reconstrucción, una nueva estructura multilateral comienza a perfilarse como pieza central de la estrategia diplomática de Estados Unidos. La iniciativa, impulsada directamente desde Washington, busca combinar supervisión política, control operativo y financiamiento a gran escala en un solo organismo.
La llamada Junta de Paz es un ente internacional avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU en noviembre de 2025, concebido para supervisar el cese de hostilidades entre Israel y Hamás y coordinar la reconstrucción integral de Gaza. Según el borrador del estatuto citado por Bloomberg, el organismo estaría presidido inicialmente por el presidente estadounidense, Donald Trump, quien además tendría la facultad de seleccionar a los miembros invitados y ejercer la aprobación final de las decisiones. Aunque las resoluciones se adoptarían por mayoría, el diseño otorga a la presidencia un rol decisivo en la dirección estratégica del grupo.
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El punto más controvertido de la propuesta es el esquema de aportes financieros. Si bien un funcionario estadounidense aclaró que “unirse a la Junta de Paz es gratuito”, el mismo funcionario confirmó que los países que deseen asegurar un asiento permanente deberán aportar $1,000 millones en efectivo durante el primer año. El argumento central es que ese pago no constituye una cuota política, sino un mecanismo para garantizar recursos inmediatos destinados a “reconstruir toda Gaza”, asegurando que “prácticamente cada dólar” se utilice con ese fin y evitando “salarios exorbitantes ni una enorme carga administrativa”.
Los miembros sin asiento permanente tendrían mandatos de tres años, mientras que quienes realicen el aporte accederían a una membresía estable dentro del organismo. Aún no está claro dónde se custodiarán los fondos recaudados, un punto que sigue generando interrogantes entre los observadores internacionales.
La administración Trump sostiene que este modelo permitiría acelerar la reconstrucción, comprometer financieramente a los países participantes y evitar promesas sin respaldo económico, aunque también plantea un debate profundo sobre el vínculo entre influencia política y capacidad de pago en los nuevos esquemas de gobernanza global.
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