Por: Noël Zemborain, presidenta de Junior Achievement Américas
Vivimos en un momento de cambios profundos. La tecnología avanza más rápido que los sistemas educativos. El mercado laboral exige habilidades que muchas veces no se enseñan en las aulas. Y millones de jóvenes enfrentan una pregunta urgente: ¿cómo construir un futuro en un mundo que cambia todos los días?
Esta no es una discusión abstracta. Es una realidad cotidiana en América Latina, el Caribe y Canadá. Jóvenes que terminan la escuela sin claridad ni plan. Jóvenes que trabajan en la informalidad. Jóvenes que tienen talento, pero no siempre tienen oportunidades.
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Frente a este escenario, preparar a los jóvenes no es un gesto solidario. Es una decisión estratégica.
Cuando un joven aprende a manejar su dinero, no solo mejora su presente: reduce su vulnerabilidad futura. Cuando desarrolla habilidades emprendedoras, no siempre crea una empresa: aprende a resolver problemas, a liderar, a adaptarse. Cuando adquiere habilidades digitales y socioemocionales, no solo accede a un empleo: gana confianza en su capacidad de construir su propio camino.
En Junior Achievement hablamos de autoeficacia. Es un concepto simple y poderoso: la creencia de que uno puede actuar, decidir y transformar su realidad. Ese “yo puedo” no es una frase motivacional. Es un factor determinante en las elecciones que una persona hace, en su nivel de esfuerzo, en su capacidad de persistir frente a la dificultad y en su disposición a asumir nuevos desafíos.
Nuestra teoría de cambio parte de esa convicción.
La autoeficacia no se enseña con discursos. Se construye con experiencia. Los jóvenes la desarrollan cuando adquieren habilidades reales a través del aprendizaje práctico; cuando observan modelos de rol que les demuestran que el éxito es posible; cuando practican el optimismo como herramienta frente al error; y cuando reciben retroalimentación y apoyo que refuerzan su confianza.
Aprender haciendo. Intentar. Equivocarse. Volver a intentar. Presentar una idea. Defender un proyecto. Vender un producto. Resolver un problema real.
En ese proceso ocurre algo decisivo: el joven deja de verse como espectador de su futuro y comienza a verse como protagonista.
Después de pasar por nuestros programas, vemos cambios concretos. Aumenta la autoestima. Crece la propensión a emprender. Se fortalece la confianza en la posibilidad de insertarse en el mundo laboral. Pero, sobre todo, se amplía el horizonte de lo que creen posible para sus vidas.
En 2025 brindamos más de 3,2 millones de experiencias educativas en la región. Pero el número, por sí solo, no es lo más importante. Lo verdaderamente transformador es lo que sucede después: jóvenes que vuelven a estudiar, que consiguen su primer empleo, que lanzan un emprendimiento, que se animan a hablar en público por primera vez.
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Preparar a los jóvenes para el futuro del trabajo no significa adivinar qué profesiones existirán dentro de 20 años. Significa desarrollar mentalidad, habilidades y resiliencia para navegar la incertidumbre.
La inteligencia artificial, la automatización y la economía digital no son amenazas si los jóvenes cuentan con herramientas para comprenderlas y utilizarlas. La brecha no es tecnológica. Es educativa.
El futuro no se construye solo con infraestructura o inversión. Se construye con personas preparadas para crear valor.
Cada empresa que necesita talento.
Cada país que busca crecimiento sostenible.
Cada comunidad que aspira a prosperar.
Todos dependen de jóvenes que puedan aprender, adaptarse y liderar.
Invertir en juventud no es caridad. Es desarrollo. Es estabilidad. Es paz. Y es, sobre todo, una decisión que define el tipo de sociedad que queremos ser.








