En Wall Street, el miedo es un negocio rentable. Cada comentario inesperado de Donald Trump —ya sea sobre China, política, impuestos o el comercio internacional— puede desatar un terremoto financiero.
Miles de pequeños inversionistas reaccionan con pánico, venden sus acciones y hacen que los precios se desplomen. En ese instante, un grupo selecto de grandes capitales entra en acción: compran a bajo precio y esperan el inevitable rebote que suele llegar poco después. Se ha convertido en un ciclo rápido y seguro.
El ciclo de miedo y ganancia
La escena se repite una y otra vez. Un discurso agresivo o una amenaza presidencial basta para que el S&P 500, el Nasdaq y el Dow Jones caigan. Luego, cuando Trump lanza un mensaje más moderado o promete acuerdos futuros, los mercados se recuperan y las acciones vuelven a subir. En ese vaivén, los inversionistas más experimentados ganan millones, mientras los pequeños ahorristas víctimas del pánico pierden lo poco que tienen.
Detrás de cada episodio de volatilidad hay una lógica simple: quienes tienen nervios de acero, asesoría profesional y acceso a información oportuna aprovechan el caos. Los demás, empujados por el miedo, liquidan sus posiciones. De esta forma, las pérdidas de muchos terminan siendo las ganancias de unos pocos. Analistas financieros coinciden en que la brecha entre los grandes fondos y los pequeños inversionistas se amplía con cada sobresalto del mercado.
¿Coincidencia o estrategia?
Lo inquietante es la precisión con la que ciertos grupos parecen anticipar las turbulencias. Aunque no existen pruebas de manipulación directa, la sincronía entre los anuncios de Trump y los movimientos especulativos genera sospechas. Cada declaración fuerte, cada amenaza económica, se convierte en un detonante que altera las bolsas y redistribuye riqueza de abajo hacia arriba.
Al final, lo que para la mayoría es incertidumbre, para unos pocos es oportunidad. Mientras millones de pequeños inversionistas ven evaporarse sus ahorros ante cada frase del presidente, un reducido grupo de magnates sigue capitalizando el pánico colectivo y convirtiendo la volatilidad en su herramienta más lucrativa.
¿Cómo no hacer parte del grupo de quienes pierden?
Invertir en bolsa exige paciencia y visión, no impulsividad. Quien entra esperando ganancias rápidas suele caer en la trampa del miedo: cuando el mercado cae, vende por pánico; cuando sube, compra tarde. Esa conducta, repetida millones de veces, garantiza pérdidas.
La clave está en el horizonte. El pequeño inversor debe entender que las caídas son parte del ciclo natural del mercado. Si no está dispuesto a soportar los descensos y esperar el resurgir de los precios, lo más sensato es no invertir. En la paciencia y la estrategia a mediano y largo plazo está la verdadera ganancia.
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