La tensión energética mundial ya no es solo un problema de combustibles. Lo que ocurre en los mercados petroleros comienza a sentirse con fuerza en industrias clave, desde la manufactura hasta los productos de uso cotidiano. La preocupación crece entre expertos, que advierten que el impacto podría ser más profundo y prolongado de lo esperado.
Desde San Antonio, Texas, en plena convención petroquímica internacional, Luis Otero, Technical Manager en Kowa American Corporation, explicó que la situación actual representa un punto crítico para el sistema industrial global.
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Un efecto dominó que va mucho más allá del petróleo
Según Otero, el problema no se limita al precio del crudo, sino a una “crisis de materias primas derivadas” que está afectando directamente la producción industrial. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del gas natural licuado, se ha convertido en un cuello de botella que amenaza el suministro global.
Esta disrupción ha obligado a múltiples plantas a reducir o detener operaciones, generando escasez de insumos esenciales como etileno, propileno y glicoles, componentes presentes en productos tan diversos como cosméticos, plásticos, pinturas y artículos de uso diario.
El impacto ya es tangible. Empresas del sector han comenzado a anunciar aumentos de precios inmediatos, con incrementos de hasta 30 a 35 centavos por libra en algunos derivados químicos. Esta presión, advierte el experto, terminará reflejándose en la góndola y en el bolsillo del consumidor.
El problema se agrava por la dependencia energética de grandes economías. Aunque China mantiene una fuerte capacidad manufacturera, su dependencia del petróleo importado la expone a interrupciones, obligándola a replantear su infraestructura industrial. Otros países de Asia, Europa e incluso América también enfrentan tensiones similares.
Además, el riesgo geopolítico sigue escalando. Otero advierte que un eventual ataque a infraestructuras clave en Medio Oriente podría llevar el precio del barril por encima de $120, intensificando aún más la crisis.
A esto se suma una amenaza menos visible pero igualmente peligrosa: el posible cierre de rutas alternativas como el estrecho de Bab el-Mandeb. De concretarse, los tiempos de entrega de productos desde Asia podrían pasar de 6 a 8 semanas a más de 12, generando un efecto dominó en inventarios, producción y costos.
Frente a este panorama, las empresas están cambiando su estrategia. Ya no se trata de reducir inventarios, sino de asegurarlos para evitar parálisis operativa. Incluso, muchas compañías están recurriendo a la inteligencia artificial para optimizar logística, anticipar demanda y mitigar riesgos.
El diagnóstico final es contundente. Para Otero, el escenario inmediato apunta a una sola dirección: “continuidad de precios altos”.
En un mundo interconectado, la crisis energética ha dejado claro que el petróleo no solo mueve economías, sino que define el ritmo de toda la cadena industrial global.
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