Las tazas de café, habituales en millones de hogares y oficinas, están dejando de ser un placer cotidiano para convertirse en un lujo que golpea con fuerza el bolsillo. Lo que antes parecía inamovible en la rutina diaria ahora se enfrenta a cifras que no se veían en generaciones.
Según el último Índice de Precios al Consumidor, los precios minoristas del café en Estados Unidos subieron casi 21% en agosto frente al mismo mes del año anterior, el mayor incremento desde 1997. En términos mensuales, el aumento fue de 4%, la mayor subida en 14 años. Y aunque muchos consumidores culpan a la inflación generalizada, los expertos apuntan directamente a las políticas comerciales.
La Asociación Nacional del Café recuerda que el 99% del café que se bebe en el país es importado. Brasil, principal proveedor, se enfrenta a un arancel del 50% tras la condena judicial contra Jair Bolsonaro, que desató la furia del presidente Donald Trump. “Los precios del café superarán fácilmente el récord a medida que los efectos completos de los aranceles lleguen a los estantes”, advirtió Diane Swonk, economista jefe de KPMG.
Colombia y Vietnam, también grandes exportadores, sufren aranceles del 10% y 20%, respectivamente. Las compañías intentaron contener el impacto, pero ya es inevitable. JM Smucker’s, dueño de Folgers y Café Bustelo, confirmó que subirá precios por tercera vez en el invierno. Pequeñas cafeterías como French Truck Coffee en Nueva Orleans han optado por aplicar recargos de 4%. Starbucks, en cambio, asegura que el golpe se sentirá recién en 2026.
Para la comunidad latina en Estados Unidos, el impacto es doble. El café es un símbolo cultural y parte esencial de la vida diaria, especialmente entre familias con raíces en países productores como México, Colombia y Puerto Rico. El encarecimiento no solo afecta el bolsillo, sino también un vínculo emocional y cultural que conecta a los latinos con sus tradiciones.
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