Las tres principales causas de muerte por enfermedad en el planeta no son un misterio científico, sino el resultado previsible de cómo comemos, nos movemos y vivimos cada día. Enfermedades cardiovasculares, cáncer y enfermedades respiratorias crónicas se han convertido en los “top killers” silenciosos de la humanidad, impulsadas por hábitos que la propia industria alimentaria y del “bienestar” ha aprendido a monetizar. La paradoja es brutal: mientras la medicina avanza como nunca, el negocio de la mala alimentación, el sedentarismo y la enfermedad sigue batiendo récords.
Tres enfermedades que dominan las estadísticas
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades no transmisibles —sobre todo cardiovasculares, cáncer, enfermedades respiratorias crónicas y diabetes— causan alrededor de 41 millones de muertes al año, casi tres cuartas partes de las muertes en el planeta. Dentro de este grupo, las cardiovasculares encabezan la lista con unos 19 millones de muertes, seguidas por el cáncer (alrededor de 10 millones) y las enfermedades respiratorias crónicas con unos 4 millones anuales.
Estas cifras no son solo números: son infartos, ictus, cáncer de pulmón o enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) que golpean a familias en todos los continentes. La OMS ha sido contundente: “Las enfermedades no transmisibles son ahora las principales causas de muerte por enfermedad en todo el mundo”, afirmó en su informe “Invisible numbers”, subrayando que cada dos segundos muere una persona menor de 70 años por una de estas patologías.
¿Catástrofe inevitable o consecuencia de nuestros hábitos?
La evidencia científica coincide en un punto clave: una parte enorme de esta tragedia es prevenible con hábitos relativamente simples. Cabe destacar que otros elementos del ambiente no controlables por las decisiones individuales, también influyen.
La OMS señala que hábitos que hacen parte de la órbita del “dominio propio”, como lo son: el consumo de tabaco, la mala alimentación, la inactividad física y el uso nocivo de alcohol, son los cuatro grandes factores de riesgo que alimentan estas enfermedades. Un análisis publicado en PLOS Medicine resume la lógica con precisión: “La dieta y el estilo de vida (incluyendo fumar, la falta de ejercicio y el consumo perjudicial de alcohol) influyen en el riesgo de desarrollar una enfermedad no transmisible y de morir por ella”.
Estudios recientes sobre estilos de vida saludables muestran que eliminar comportamientos de alto riesgo puede evitar una proporción muy elevada de estos casos. Un trabajo de 2025 sobre grandes enfermedades crónicas concluyó que, si se corrigieran varios factores de estilo de vida, se podrían prevenir hasta el 74% de los casos de EPOC, una de las principales enfermedades respiratorias mortales del mundo. La conclusión incómoda es que el infarto, el cáncer asociado al tabaco o buena parte de la EPOC no son “mala suerte” pura: son, en gran medida, la factura acumulada de años de decisiones diarias.
Cuando la enfermedad se convierte en negocio
Mientras las estadísticas de muertes por enfermedades no transmisibles se disparan, la venta de comida ultraprocesada, bebidas azucaradas y productos altos en sal, azúcar y grasas saturadas no deja de crecer. Informes de salud pública advierten que la expansión agresiva de estos productos en países de ingresos bajos y medios replica el patrón que siguió la industria del tabaco: marketing intenso, precios competitivos y normalización cultural de lo dañino. “La creciente prevalencia de patrones de alimentación poco saludables, con consumo excesivo de procesados, azúcares añadidos, grasas saturadas y sal, contribuye sustancialmente al aumento de las enfermedades no transmisibles”, concluye un estudio sobre nutrición y NCD.
La industria sanitaria también se mueve en cifras astronómicas alrededor de estas patologías crónicas. Cada nuevo fármaco para colesterol, hipertensión, diabetes o cáncer abre mercados multimillonarios, necesarios para tratar a quienes ya están enfermos, pero que rara vez atacan el problema en su raíz: el entorno que facilita los malos hábitos. El resultado es un sistema donde hay más incentivos económicos para gestionar la enfermedad que para prevenirla.
El contrapeso: decisiones individuales con impacto colectivo
La buena noticia es que las mismas estadísticas que muestran la magnitud del problema señalan también el poder del cambio de hábitos. La OMS estima que, si se redujera el consumo de tabaco, se mejorara la alimentación y aumentara la actividad física, se podrían evitar millones de muertes prematuras cada año. No se trata de dietas milagro ni de horas de gimnasio extremo, sino de decisiones sostenidas: más frutas, verduras y alimentos frescos; menos ultraprocesados, sal y azúcar; caminar más, sentarse menos.
ONG y organismos internacionales están presionando para cambiar el entorno que empuja a la población hacia lo insano: etiquetados claros, impuestos a bebidas azucaradas, regulación de la publicidad dirigida a niños y promoción del ejercicio en las ciudades. Pero, mientras las políticas avanzan con lentitud frente a la fuerza de los lobbies, el terreno inmediato donde se juega la partida sigue siendo la cocina de cada hogar y cada decisión de compra.
La crisis de enfermedades no transmisibles en una abrumadora mayoría no es un fenómeno inevitable dictado por la biología, sino una consecuencia directa de cómo se organiza la vida moderna y de qué intereses dominan el mercado. Frente a una industria que gana dinero con cada lata azucarada y cada tratamiento crónico, la respuesta más subversiva quizá sea de una simplicidad desarmante: cocinar más, mover más el cuerpo y exigir políticas que hagan que la opción saludable deje de ser la excepción y se convierta, por fin, en la norma.
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