Durante décadas, el pollo fue considerado la proteína económica por excelencia en Estados Unidos. Era la opción accesible para las familias, el producto que nunca parecía faltar y el alimento que muchos consumidores asociaban con precios bajos. Pero esa percepción está chocando con una nueva realidad: cada vez más restaurantes cobran $35, $40 e incluso más de $70 por un plato de pollo.
La tendencia ha generado sorpresa, críticas y debates en redes sociales, donde muchos clientes cuestionan cómo un alimento tan común ha terminado con precios comparables a los de un filete o un plato de mariscos.
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¿Por qué un plato de pollo cuesta ahora tanto como un filete de res?
La respuesta tiene menos que ver con el ave y más con los costos que enfrentan los restaurantes.
La inflación, el aumento de los salarios, los alquileres comerciales más elevados y el encarecimiento de los insumos han reducido los márgenes de ganancia en toda la industria gastronómica. Para muchos negocios, los precios actuales reflejan no solo el costo del pollo, sino también el trabajo, el tiempo de preparación y la operación completa del restaurante.
En algunos establecimientos de alta cocina, el proceso puede tomar hasta dos días. Los chefs utilizan aves de mayor calidad, procesos de salmuera, técnicas de cocción especializadas y presentaciones elaboradas que incrementan considerablemente el costo final.
Sin embargo, los consumidores suelen tener dificultades para aceptar esos precios porque el pollo conserva una imagen de producto económico. A diferencia de una langosta o un corte premium de carne, el pollo sigue siendo percibido como una comida cotidiana.
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¿Se trata de una moda pasajera o del nuevo precio normal?
Todo indica que los precios elevados llegaron para quedarse. Datos de la industria muestran que los platos de pollo en restaurantes de alta gama han aumentado alrededor de 22% en los últimos cuatro años. Actualmente, el precio promedio de un plato principal de pollo ronda los $28, incluso por encima de algunos platos de pescado y mariscos.
Los expertos señalan que gran parte del problema radica en las expectativas creadas durante décadas por supermercados y cadenas como Costco, que utilizan el pollo asado como producto gancho para atraer clientes. Cuando los consumidores pueden comprar un pollo entero por menos de $5, resulta difícil aceptar que una versión preparada en un restaurante pueda costar ocho veces más.
Para muchas familias hispanas, especialmente en ciudades con alto costo de vida como Nueva York, Los Ángeles o Chicago, el fenómeno refleja una preocupación más amplia: la pérdida de poder adquisitivo. Lo que antes era una comida relativamente accesible ahora comienza a formar parte de la lista de gastos que requieren una mayor planificación.
El sector restaurantero, por su parte, enfrentan un dilema complejo. Algunos reconocen que el pollo debería costar incluso más para reflejar los verdaderos costos de producción, pero prefieren sacrificar parte de sus márgenes de ganancia para evitar el rechazo de los clientes.
Mientras tanto, otros optan por trasladar el incremento a platos considerados más exclusivos. Después de todo, muchos consumidores siguen aceptando sin protestar una pechuga de pato de $65, aunque cuestionen un pollo de USD 40.
La paradoja es evidente: el pollo sigue siendo una de las proteínas más populares de Estados Unidos, pero cada vez más personas comienzan a verlo como un pequeño lujo en lugar de una comida económica de todos los días.
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